La viola de roda o zanfoña

La zanfoña o zanfona, es un singular instrumento, originario de la Edad Media, que responde a muy diferentes nombres: chifonía, symphonia, organica Lyra, o viola de rueda, entre otros. Es el primer instrumento -del cual se tiene constancia-, que dispuso de un mecanismo de teclado. Pero lo sorprendente del caso, es que se trataba de un instrumento de cuerda frotada, como lo pueda ser ahora un violín, o en aquel entonces una fídula. Pero más curioso aún, es el hecho de que las cuerdas, en lugar de ser frotadas con un arco, eran frotadas por una rueda que era accionada mediante una manivela; lo cual, permitía que el sonido no se cortara en ningún momento.

Sobre el instrumento se extienden diversas cuerdas tensadas, que inciden sobre la rueda; una rueda que está impregnada de resina, para que las cuerdas no resbalen sobre ella.

Hay dos clases de cuerdas: por un lado, los bordones, que son un tipo de cuerdas que están afinadas al aire -a distancia de cuarta o quinta y octava entre ellas-, y que sólo son capaces de producir sonidos constantes y continuos, a la manera de los roncones de las gaitas. Por otro, tenemos las primas: que son las cuerdas que ejecutan las melodías. Están afinadas al unísono y recorren todo el mástil, apoyadas sobre dos puentes; cada uno en un extremo. Dicho mástil, tiene el aspecto de un largo y estrecho cofrecillo rectangular, con una tapa que se puede abrir y cerrar. Al abrirse, se puede ver en qué consiste el mecanismo que permite la actividad melódica: al accionar una tecla, ésta, moviliza de manera sincronizada, dos pequeñas varillas que oprimen ambas primas en un punto concreto de la cuerda, determinando, así, la afinación de una nota específica. Exactamente, de la misma manera que lo harían los dedos de un violinista.

El hecho de que las teclas estén en la parte inferior del instrumento contribuye a que, cuando éstas dejan de accionarse, caigan por su propio peso a su posición original.

Para su ejecución, el instrumento se apoya transversalmente sobre las rodillas. Con la mano derecha se hace girar la manivela, mientras que con la mano izquierda se van accionando las teclas con las que se ejecuta la melodía, al tiempo que los bordones van acompañando con notas pedal a distancia de quinta, que confirieren al instrumento su característica sonoridad primitiva.

La evidencia más temprana de este instrumento data de la primera mitad del siglo XII, aunque bien es verdad que en aquel entonces éste respondía al nombre de organistrum. Era mucho más imperfecto y rudimentario, y bastante más aparatoso. De hecho, sus grandes dimensiones requerían de la participación de dos ejecutantes: uno para girar la rueda y el otro para accionar el mecanismo.

En el caso de este instrumento, en lugar de teclado, había toda una serie de clavijas móviles que se tenían que estirar hacia arriba para que entraran en contacto con las cuerdas y determinaran, de esta manera, su afinación.

A partir del siglo XIII, el instrumento se redujo e hizo más compacto. Su mecanismo fue perfeccionado y adquirió las características que se han referido anteriormente, dotándolo de una mayor versatilidad y ampliando sus posibilidades musicales. Toda una serie de mejoras que contribuyeron a elevar la consideración y el aprecio hacia el mismo, constituyéndose como uno de los más estimados instrumentos  de la música trovadoresca cortesana.

Entrado el Renacimiento, la zanfoña comenzó a sufrir un progresivo declive que le llevó, ya en el siglo XVI, a su más completo desprestigio, cayendo en manos de los marginados de la “más baja condición” -según la consideración de la época-: juglares, titiriteros y mendigos.

Con la venida del Barroco, la zanfoña vivió un nuevo renacimiento, especialmente en la Francia del siglo XVIII. El instrumento fue redescubierto y acogido con verdadero entusiasmo por la alta sociedad del momento y adquirió renovada popularidad y prestigio. De hecho, la zanfoña vivió durante esta época su momento de máximo esplendor, logrando, por un lado, sus cotas más altas de desarrollo técnico e incluso artístico, y por otro, conseguir formar parte, como instrumento invitado, en las orquestas y en las composiciones de los más prestigiosos compositores; entre ellos: Vivaldi, Haydn o Mozart.

Fruto de esta especial acogida entre el mundo de la nobleza y de la aristocracia, el instrumento experimentó unas refinadísimas mejoras estéticas, muy de acuerdo  con el gusto del momento, que se sustanciaron, sobre todo, en los artesanos acabados de sus artísticos cabezales y en la incrustación y grabación, sobre la tabla armónica, de minuciosos motivos ornamentales.

Cabe mencionar una curiosa aportación técnica, muy característica de este período. Se trata del denominado “efecto de trompeta”, llamado así, en referencia a la cuerda de la cual recibe su nombre: el bordón

trompeta. Esta cuerda pasa por la parte superior de una pequeña pieza de madera, en forma de martillo, que se halla situada, suelta, en la base del puente principal. Bajo esta pieza, se encuentra una pequeña base de marfil o hueso, de forma rectangular, incrustada en la tabla armónica del instrumento. Cuando la manivela hace girar la rueda, la cuerda comienza a vibrar y ésta transmite dicha vibración a la pequeña pieza de madera, que comienza a martillear sobre la base de marfil, produciendo un singular zumbido metálico, semejante al de una máquina de afeitar.

 

Con el paso del tiempo, la fugaz moda que había encumbrado a la zanfoña a lo más alto, fue apagándose poco a poco y, nuevamente, el instrumento volvió a caer paulatinamente en el olvido, logrando mantenerse, tan sólo, en aquellos lugares en los que consiguió adquirir condición de instrumento popular y tradicional.

Hoy en día, el instrumento, vuelve a tañer con redivivo entusiasmo y vigor, resucitando arcaicas sonoridades,  y recreando añejos sones, perpetuados en viejos códices de música antigua.

Telmo Campos Micó

– Munrow,  David. Instruments of the Middle Ages and Renaissance. Oxford University Press, 1976.
– Andrés, Ramón. Diccionario de instrumentos musicales (de Píndaro a J. S. Bach). Bibliograf, S.A., Barcelona, 1995.
– Bonanni, Filippo. Antique Musical Instruments and Their Players (152 Plates from Bonanni’s 18th Century “Gabinetto Armonico”” With a new Introduction and Captions by Frank Ll. Harrison and Joan Rimmer). Dover Publications, Inc. New York, 1964.
– René Tranchefort, François. Los instrumentos musicales en el mundo. Éditions du Seuil, 1980. Ed. cast. Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1985, 1991, 1994.
– López Calo, S.J., José. La música medieval en Galicia. Fundación “Pedro Barrié de la Maza, Conde de Fenosa”, “La voz de Galicia”, 1982.
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